8 ago. 2013

¿CÓMO SE LO DECIMOS A MADRE?

El otro día mi madre, al venir del supermercado, me llamaba a gritos desde la cocina. Quería enseñarme, toda orgullosa, su última adquisición saludable. Y es que parece que cuando se tiene un hijo nutricionista-dietista el ser sano es algo de competición. 

Mientras me lo enseña, aún con toda la cesta de la compra por colocar (¡Por Dios, Madre! ¡Los congelados!), me dice “mira hijo, me he comprado los yogures de soja estos que son buenos para la menopausia”. Qué decir. Ipso facto empecé con el discurso de entendido en la materia explicándole a mi madre que eso no era un yogur, que era un poste a base de proteína de soja, que para que se llame yogur tiene que ser derivado de la leche y elaborado a través de una fermentación ácido-láctica con dos bacterias lácticas de las especies Lactobacillus bulgaricus y Streptococcus thermophilus, y que además tienen que estar vivas en el producto terminado en una cantidad mínima de 106 unidades formadoras de colonia por gramo, que el efecto de la soja sobre la menopausia es a largo plazo, etc. No me quedó ningún cabo suelto vamos.  
Fuente: granconsumo.tv

“Entonces hijo, ¿me lo como o no me lo como?” Imaginaos mi cara. Pues la suya no era mejor. Podía ver sus ojos como platos y su sentimiento de ¡Oh Dios! ¡¿Qué he hecho?! Y reconozcamos cómo nos gusta saber de nutrición. Y cómo nos gusta hacer ver que sabemos de nutrición. Qué arte tenemos para manejar los términos nutricionales, los estudios, qué está demostrado, qué no, hasta el nombre de las enzimas de las rutas metabólicas que median en la digestión y asimilación de ese nutriente. Para algo hemos estudiado tantos años de carrera, máster, cursos, congresos. 

Pero, ¿hemos cumplido nuestro objetivo? ¿Cuándo hablamos a alguien conseguimos nuestro objetivo? ¿Entiende la gente cuando les hablamos lo que tienen que entender?
 
¿Por qué hago estas preguntas? Pongamos un ejemplo sencillo: el aceite de oliva. Seguramente si hacemos la pregunta a nuestro entorno (de NO nutricionistas, es decir, familia, amigos, e incluso desconocidos de la calle. Allá cada cual hasta dónde quiera llegar): ¿El aceite de oliva virgen extra es bueno? Conseguiremos, y dudo que me equivoque, casi en un 99,99% de respuestas un SÍ. 

¿Es bueno el aceite de oliva? Respuesta: NO. El aceite de oliva, especialmente el virgen extra es CARDIOSALUDABLE por su composición en ácidos grasos insaturados, especialmente el ácido oleico. Es decir, que se recomienda su consumo en sustitución de otras grasas que no lo son (mantecas, mantequillas, aceites de coco, palma, etc.). Y aunque tiene una serie de efectos beneficiosos frente a otro tipo de grasas, especialmente las saturadas, no podemos abusar más allá de la cantidad diaria recomendad porque no deja de ser eso, una grasa. Con sus calorías y todo. ¡Pues vaya una novedad! Somos nutricionistas, esto nos lo sabemos como el abecedario. Y la gente, ¿sabe apreciar esta diferencia?

Observando cómo cocina la gente, veo como no hay reparo en utilizar el aceite de oliva y bañar una ensalada, pinchar una tostada de pan para que el aceite lo impregne todo bien, o echar un chorrito “extra” para papá que tiene el colesterol alto y “esto” lo baja. Creo que esta imagen no es tan extraña en la mayoría de los hogares españoles. Ahora sí: ¡¿Qué hemos hecho?! 

Muchas veces, queremos ser tan técnicos, tan profesionales, tan exactos y tan leídos, que cuando nos dirigimos a nuestro paciente, familiares, amigos o gente en general, nos olvidamos del objetivo fundamental: enseñar. Y para enseñar, no hay que partir de nuestro conocimiento, si no de nuestro receptor. Qué sabe, qué no sabe, qué capacidad de entendimiento tiene. Y vuelvo a repetir una frase que para mí es casi un mantra: las amas de casa (y los amos de casa) no compran vitamina C, compran naranjas

Un buen profesional debe también saber trasladar el mensaje a transmitir a un terreno de entendimiento para el receptor de dicho mensaje. Y sobre todo, comprobar que el receptor está entendiendo el mensaje de la forma correcta. El ser humano, a fin de facilitar el tratamiento y manejo de la información, tiende a simplificar los conceptos buscando un entendimiento más fácil. Sano o insano. Saludable o no saludable. Engorda o adelgaza. Son término que maneja la población porque son más fácilmente entendibles que los términos intermedios (podemos decir que la población tiende a “dicotomizar” lo que les queremos expresar).  

En el fondo de la cuestión, un buen profesional debe dominar el arte de la comunicación nutricional y alimentaria, saber transmitir, y saber cumplir su objetivo, enseñar para instaurar unos buenos hábitos alimentarios, sin crear mitos ni medias verdades. ¿Quién dijo que esto iba sólo de saber hacer dietas?

17 jul. 2013

¿NO TENGO BIEN LA FLORA? ¡PERO SI LA RIEGO TODOS LOS DÍAS!


¡Ay Coronado! ¡Cuánto daño nos has hecho! Antes de que tu salieras en la televisión diciéndonos
que teníamos que tomar yogures para…ya sabes…que si hombre…esto que tu dices…para eso, ni sabíamos que “eso” existía. Y tan pancho. Ni más, ni menos, Mari. Y menos mal que era por los noventa. Llega a tener que hacerse el anuncio (spot) hoy y ponemos a Pitbull y esto va genial para ¡ya tu sabeh! (Con un artista invitado, of course). 

Pero gracias a esta primera aproximación que nos hicieron, hoy día ya sabemos que todos tenemos flora intestinal, que no todos la tenemos en el mismo estado, y que está más pluriempleada que Martina Klein. Para ir al baño, para los defensas, ¡incluso para ayudarnos a adelgazar! (Mari, ojo a esto que te interesa. Para adelgazar) 

¿Y tu flora? ¿Qué tal está? Si tu respuesta es “Bien, encantada” te interesa este post. (Te interesan todos, pero a ver cuánto duras leyendo este blog y a ver cuánto duro yo escribiendo). 

Pues resulta que en nuestro intestino sabíamos que vivían una serie de bacterias (si, si, bacterias) que estaban ahí. No molestaban. No pedían de comer. Pues oye, déjalas que vivan. Pero resulta que poco a poco se va descubriendo que tienen su función, y que hasta nos ayudan con el tema de estar bien alimentados (sintetizan vitaminas para nosotros, míralas que majas). ¿Pero has dicho bacterias? Si. Pero “buenas”, no de las que causan infecciones. No nos asustemos antes de tiempo. ¡Qué nos gusta una hipocondría! 

¿De dónde vienen? ¿A dónde van? ¿Han venido para quedarse? El bebé, cuando está en el vientre materno no tiene flora. Cuando nacemos, ya nos impregnamos de la flora. Por ejemplo, al pasar por el canal del parto (ya tu sabeh) nos impregnamos de la flora anal y vaginal de nuestra madre, y hasta los dos años creamos un patrón de flora que, en mayor o en menor medida, nos acompañará para el resto de nuestra vida, con sus variaciones. Vamos, como una hipoteca de las de ahora. 

Pero no nos engañemos. Nuestra mala alimentación, el estrés (¿quién no tiene estrés? Si es super-trending…), el contacto con enfermos, etc., van debilitando nuestra flora y pueden ir quedando huecos que ocupan las otras bacterias, las “malas”. ¿Quién no ha tenido un resfriado y antes de acabar con él ha tenido una diarrea? 

¿Cómo puedo cuidar mi flora? Nada de agua y una aspirina como a los geranios. Tomando leches fermentadas y yogures podemos ir repoblando esta flora, hasta tenerla sana sanita. ¿Para qué? Pues como diría Coronado, para eso. 

Para regular nuestro tránsito intestinal, para mantenerla como primera barrera de defensa ante la entrada de bacterias patógenas (las antes citadas como “malas”, las que causan enfermedades vamos), etc. 

¡Aleluya! ¡Esto es la panacea! CUIDADO. Volvemos al mismo cuento de siempre. Esto no significa que cualquier fermento o bacteria (o alimento probiótico, que no es más que un alimento o producto alimenticio que nos aporta bacterias vivas beneficiosas para algo) sirva. Tiene que estar bien demostrado que de verdad esa bacteria hace ese efecto, y que si consumo ese alimento voy a tener ese beneficio. 

No hace mucho que estuve en la presentación de un complemento nutricional que decía ser “probiótico” porque aportaba bacterias de dos familias muy conocidas en la ciencia y por todos nosotros: bifidobacterium y lactobacillus. ¿Esto te suena? 

Pues al igual que no todos en la familia somos igual de listos, guapos o rubios, en las bacterias pasa igual. Ni todos los bifidus (bifidobacterium) van bien para…ir al baño a hacer aguas mayores, ni todos los lactobacillus van geniales para las defensas (o lo que hagan, dependiendo del cuñao, el primo o el hermano del que hablemos). 

Resumen: a este producto le echo un “puñao” de bacterias de estas, y digo que es un probiótico. Lo curioso es que ni me aclaró para qué iba bien. ¡Ah! Y subo el precio, que esto ya es mas “sano” (¡faltaría más!).

Coronado, rey, para la próxima vez, explícanos qué es la flora que mi vecina está empeñada en comer sustrato universal de ese que usan en los briconsejos de jardinería para tenerla bonita de ver.

16 jul. 2013

PARA HABLAR Y COMER PESCADO, HAY QUE TENER CUIDADO




No se las innumerables veces que de pequeño mi abuela me ha dicho esta frase. Siempre refiriéndose a que somos dueños de nuestras palabras, y como tales, tarde o temprano, siempre tendremos que rendir cuentas ante ellas y sus consecuencias. 

Pero ha sido de más mayorcito cuando he descubierto todo el peso que tiene esta afirmación que aprendí a tan temprana edad. “No prometas lo que no tienes ni lo que no puedes cumplir”. Algo tan “obvio” que a la persona que le recuerdas esta máxima de la comunicación y el marketing tiende a ofenderse (porque desde el momento cero que cogemos un cargo en la empresa de algo que termine en “manager” ya somos dotados por el don divino de la profesionalidad y la experiencia).  

Aunque por otra parte cada día vea en el mercado campañas, spots, contenidos de comunicación que, al verlos, piense en quién ha sido la mente “preclara” que ha aconsejado al anunciante, o quién dentro de la empresa ha pensado que esa era la mejor manera de comunicar el producto.

“Adelgace mientras come” es lo último que he podido ver en esta maraña de promesas, milagros, mitos y leyendas en torno a los productos que se anuncian. ¿Mientras como? ¿En serio? ¿Sin hacer deporte ni nada? ¿Sin reducir el contenido de kilocalorías de mi dieta habitual (que es, seguramente, uno de los puntos más influyentes en que hayamos cogido unos kilitos –siempre en diminutivo, aunque sean diez u doce- de más)? 

¿Y no puedo ser también mas rubio, mas alto y con los ojos mas azules? No vamos a ser pobres hasta para pedir, otra frase que me decía mucho mi abuela. Ya desde aquí huele a que la persona (o personas) responsable del eslogan (claim para los mas marketeros) se ha emocionado con el producto a anunciar. 

Pues señores, resulta que esta paradoja comer-adelgazar hay gente que se la cree. Y vaya que si se la cree. Como que son defensores a ultranza como si de fans de Apple se tratara. Aunque no adelgacen. ¿Y entonces qué? Pues miramos hacia otro lado, y a cargar contra el metabolismo, que lo tengo lento, por ejemplo. 

Y al final de todo este cuento, un buen día, los científicos y estudiosos de la nutrición, en unos de sus congresos “malvados” demuestran que todo esto es falso. Que ese producto tan genial (chachi-piruli, asombróstico y megafantástico) es en verdad un cuento chino, como aquel que me contaron del agua sin colesterol. ¡SIN COLESTEROL! (Como todas…). Y claro, esto llega a oídos de la gente y ale, batacazo que te crió. 

Y mira que pintaba bien. Pero no preocuparse, que si queremos rimas y leyendas a lo Gustavo Adolfo Bequer, ese mismo mes sale otra cosita “quema-grasas”, con “calorías negativas” o simplemente por el toque divino, que nos hace adelgazar, quedarnos estupendos y dignos de la portada de las revistas de papel couché y todo sin movernos del sofá de casa (incluso si te apetece un menú de los grandes en la hamburguesería de turno, incluso si de postre un helado de galletas con chocolate y aliñado con aceite de coco). 

¿Qué hacemos? ¿Estamos perdidos? ¿Nunca podremos ser Agosto en el calendario Pirelli? Seamos sinceros, si no nos hemos dado cuenta que no nos vale la ropa del verano pasado hasta que este no estaba aquí (y este año nos ha dado unos mesecillos extra de frío), ¿de verdad queremos solucionar el “trabajo” de acumular grasa durante meses en una semana? ¿Quince días? ¿Mientras comes? ¿Mientras duermes? ¿Sin traspirar? 

¡Y yo quiero un avión! (Esta frase es de mi madre, no de mi abuela. Ella no quería un avión, quería que dejara el plato limpio a costa de extinguir especies animales gracias a su cocido).